biografía
discografía
agenda
de él han dicho…
últimas notícias
letras
myspace
fotografías
lista de correo
contacto
links



No todos los artistas que se dedican a crear canciones tienen la capacidad y la fortuna de escribir “la Canción”, es decir, la pieza que acaba convirtiéndose en aquella entidad que a la moda lingüística le gusta definir, un poco a la ligera, como un canto de la “memoria colectiva”. Joan Isaac es seguramente uno de estos escogidos con A Margalida, una canción que se ha transmitido en un aprendizaje colectivo, no a través de los canales tecnológicos de la difusión de masas, sino por medio del tam-tam de la transmisión oral. Ha conseguido así un resultado paradójico: transformar una canción profundamente intimista en una canción “de plaza” en la que aquel dolorido verso final “bandera negra al cor” llega a convertirse en un eslogan impresionante.
Joan Isaac pertenece a aquella generación musical surgida durante la agonía de Franco. En aquellos años, Joan Isaac escribía canciones que hablaban con eficacia narrativa de microcosmos afectivos, de sensaciones sutiles, de adioses breves en el tiempo de tomar un café, de partidas solitarias al amanecer o públicas en estaciones de tren; hablaba de mujeres, de aquellas mujeres que encontramos cotidianamente en nuestra vida, de nombres como María o Elena. Hay artistas que sólo saben hablar de ellos mismos y eso no es necesariamente malo. Escriben sobre lo que mejor conocen.

El drama llega cuando un artista no sabe escuchar otra cosa que su “yo” y acaba por rehacer continuamente su verso. Curioso y culto, Joan Isaac escuchaba y descubría continuamente artistas extranjeros, no sólo los franceses o latinoamericanos fáciles de encontrar en Barcelona, sino sobre todo los que encontraba en Italia, país del cual conoce muy bien el idioma y con el cual estableció una fecunda relación de descubrimiento en los gustos musicales. Después Joan Isaac desapareció de la escena durante un largo período durante el que no se olvidó de la canción. Ya hace unos cuantos de años que Joan Isaac ha regresado al primer plano de la canción de autor, como lo demuestra su último disco, Joies robades, en el que colaboran cantautores destacados de la escena internacional. Y este espectáculo en el Teatre Nacional de Catalunya, con los invitados que lo rodean, es la consolidación definitiva de este retorno. Ofrecer las canciones de Joan Isaac en un teatro proyectado por Ricard Bofill. Esta es una de las maneras que tiene Catalunya de enseñar su refinada cultura. Un viaje desde Milán expresamente para asistir a este concierto, vale la pena hacerlo. Y se que no seré el único que lo hará.


Sergio Secondiano Sacchi

Cuando somos jóvenes y conocemos a alguien, una de las primeras cosas que hacemos es explicarnos mutuamente la vida. Cuando ya somos mayores y volvemos a conocer a alguien, quizá la única cosa que ya no hacemos es precisamente explicarnos mutuamente la vida, al menos no con palabras. La vida, después de muchas vidas, no se puede explicar. La encontramos en las caricias y en la piel, la encontramos cuando recitamos los mismos poemas o cuando recordamos aquella misma calle de una ciudad extranjera. A partir de una cierta edad la vida ya no se lee en los diarios íntimos sino en el gesto de doblar la servilleta en la mesa o en la manera de besarnos cuando salimos de casa o cuando nos vamos. Joan Isaac ha hecho en una canción lírica la pequeña epopeya de una generación. La ha firmado y la ha cantado él y nos la regala para que la cantemos también a otros si procede. Podría parecer que es una evocación melancólica del pasado. Pero contrariamente a lo que se suele decir, la melancolía no es la más fértil de las sensaciones. Lo que ha hecho Joan Isaac es una crónica. Pero en lugar de usar el telescopio Hubble, ha cogido una pequeña lupa y la ha acercado, como un detective, al rastro que el siglo ha dejado en tanta gente. El momento de la madre planchando la bata, los calcetines y las trenzas, los cines con diligencias y los tigres de un circo que cambiaba de nombre pero que siempre era el mismo, son cosas que ya nunca volveremos a ver pero que configuran una misma arqueología. Sólo hace cincuenta años, dice Joan Isaac. Pero hace cincuenta años tanto segar como batir el trigo se hacía de la misma manera que habían inventado los griegos y los romanos. Sólo hace cincuenta años, pero entonces para hablar a distancia no teníamos Internet ni teléfono móvil y había que pedir “conferencia”. Solo hace cincuenta años que el dinero no salía de un cajero automático sino de una hucha de barro. Sólo hace cincuenta años que la gente, para cantar en catalán, tenía que ir a un claro de la montaña. Sólo hace cincuenta años que la madre de Joan le decía que se abrigara y, pocos años después, quizá le dijo que, sobre todo no se enredara en política. La crónica de Joan Isaac es la de una generación que tuvo el privilegio de ver nacer a los Beatles y de asistir al derrumbamiento de una dictadura, una generación que probó en el mismo momento la porra y el porro y que supo que la libertad no la regalaba nadie sino que se había de ganar día a día.

Es un buen momento para pedirle perdón a quienes hemos hecho sufrir, pero también es un magnífico momento para dar gracias a la vida. Alguien ha llamado al poeta para pedirle que vuelva a cantar y él considera esta llamada como una segunda oportunidad. Si miramos atrás y recordamos momentos fundamentales de nuestra biografía, comprobaremos que siempre ha sido resultado del azar. Un minuto más tarde quizás no habríamos cogido el tren donde conocimos a aquel amigo que, unos días más tarde nos presentó a su hermana, que acabó regalándonos una guitarra «e cosí via...». Las oportunidades de cambiar el destino salen a cada momento. Cuando somos jóvenes nos creemos que la vida va con motor fuera borda y que llegaremos a puerto en un tiempo exacto. A medida que vamos perdiendo la prisa hemos decidido navegar a vela. Ignoramos cada vez más donde iremos a parar. Pero sabemos cada vez con más acierto allá donde nunca habremos de ir a parar. Sólo hace cincuenta años, dice Joan Isaac. Pero nada del pasado vale tanto la pena como el día de mañana. Ni hacia delante ni hacia atrás. Simplemente marchamos con el tiempo.

Joan Barril

Verdad y experiencia

A principios de 1897 Oscar Wilde escribe su De profundis. Se trata de una larga carta a Lord Alfred Douglas en la que Wilde hace repaso de su historia y esboza su nueva estética surgida en el dolor de la prisión. Es –bajo la forma de epístola- un lento paseo por la conciencia. Una meditación sobre sí mismo. Un repaso a la ética y a la estética de una vida que se sabe escena, y que ha alcanzado un punto de tragedia. Es, a veces, un grito de dolor. La expresión retórica del sufrimiento y la desesperanza. Pero junto a esto es un espejo, la reafirmación de la vida como arte, la victoria del arte sobre la burda dureza de los acontecimientos.
A ese espejo se ha mirado Joan Isaac y nos ha entregado un trabajo lleno de honestidad, de gratitud libre y desinteresada. El que corresponde a este soñador con talento capaz de lograr el mágico efecto que se produce cuando la canción se convierte en lugar de feliz encuentro de una serie de factores capaces de sorprendernos, sugerirnos o emocionarnos
En la vida diaria ocurren siempre cosas, pequeñas historias, a veces cataclismos: alguien muere, uno se condena o se redime de una culpa, nos encontramos solos en la orilla de una ciudad de la que nada sabemos todavía. La fragilidad, el amor en la rutina, la muerte de un amigo, el frío del tiempo o el paso del invierno. De esas pequeñas historias está hecha toda la música de Joan Isaac. Lo estuvo, en esencia desde siempre, desde aquellas primeras canciones militantes de hace muchos años. Ellas son la columna vertebral de la verdadera poesía. Historias que nos colocan a todos en el inseguro lugar de celebrar lo obvio y lonecesario, lo que está en el mundo de modo imprescindible pero sin llamar la atención. Debe haber pocas personas como él que, en una curiosa mezcla de sencillez y delicadeza no tiene dificultades en considerar la vida de todos los días como la medida de su relación con la música

Esta manera de ser y de pensar es consistente con el mundo que se presenta en sus canciones. Son historias inacabadas, alucinantes en su definición alejada de cualquier idea de heroísmo, y de una empeñosa domesticidad, que se adaptan al vehículo elegido, la canción, para ser transmitidas, pero cuya desavenencia continua con lo que se dice, y la decepción con lo que ocurre, tiene como resultado un sentimiento de sosegado fracaso, de un éxito inútil, la triste sonrisa que hemos alcanzado además a destiempo.
Creo que Isaac instala también ese espacio de intimidad de trabajo en el que debe disfrazarse de secundario para no levantar sospechas, pero esta vez lo hace como una forma de restaurar una inocencia ya imposible, el último bastión, sin embargo, en la defensa de unas letras concebidas como arte
La verdad nunca tiene un aspecto impetuoso Sus discos se prolongan sin repetirse mientras su figura, que tiende al silencio y a la voz baja, sigue haciendo verdad un modelo musical y música una forma de verdad.
Unas melodías que construyen la memoria esencial de varias generaciones, que reflejan nuestra vida cotidiana y nuestra vida más oscura y remota. Unas letras que nos hacen recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente.

José Manuel García Gil


Hoy, al sumergirme en el “Planeta silenci” de Joan Isaac, he vuelto a sentir la misma “revolución de soles en el alma” que me despertó, en aquella madrugada del 76, al eco de su voz y de su grito:….cada plor que vas sembrant és la llavor d´un arbre nou que està creixent malgrat el fred i el glaç”. (Aquel año Joan, “bajo la luz de un cielo puro y colérico” a la vez, acababa de regalarnos sus primeras canciones.) Hoy he vuelto a sentir aquel mismo “rumor de pasos y batir de alas”; la misma esperanza persistente e inquebrantable; “el mismo latido inmenso de un ensordecedor corazón a voz en cuello”. Hoy Joan Isaac vuelve a romper sus silencios, y con su voz y su sensibilidad –tan persistentes e inquebrantables como nuestra esperanza- vuelve a invitarnos a creer y a confiar, apasionadamente y con serenidad, en la gente, en el amor y en la vida; una invitación que, para algunos de nosotros, tiene el valor y el vértigo de la memoria en libertad coherentemente rescatada y recreada; y que para otros –los hijos y las hijas de aquella memoria limpia y desnuda- podrá tener la magia y el encantamiento que supone, en un primer encuentro, el hallazgo de la belleza nítidamente transpirada en una nueva palabra-voz, música-latido. Hoy, en la madurez y en la rotundidad de sus sentimientos, -y sin que nada ni nadie haya podido impedírselo- Joan vuelve a confesarnos su derecho –transformado cada vez más en salvaje necesidad- a “soñarlo todo sintiéndose despierto”.

Hoy se sigue alzando entre nosotros su voz como aquel renaciente y apasionado grito de Margalida –“cuyo cuerpo menudo nos sigue creciendo entre las venas”-; hoy su canto nos llega, como a ella: “como un beso solidario”.Hoy, amigo Joan, me dispongo a retomar tus palabras, una vez más, para seguir construyendo con ellas aquella nave, tan deseada, -razón utópica que compartimos- y que sabemos nos conducirá a un puerto en el que poder anclar profunda y serenamente. Por todo esto hoy, Joan, quiero darte las gracias; gracias por dejarnos entrar, tan generosamente, en tu “Planeta silenci”: y gracias, sobre todo, porque, escuchándote, puedo volver a sentir –evocando al poeta Celaya- que mi secreto sigue siendo: “todavía”…Tus canciones, tu desbordante sensibilidad, y tu madurez poética y musical nos lo confirman: “Hoy es siempre todavía”.

Fernando González Lucini