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Levantarme sin prisa
con el cuerpo despierto
y oler los perfumes
que el día cuelga de las calles.
Sacudirme la pereza
con un buen café a la crema
y leer con calma el diario
que alguien ya me ha ofrecido.
Ordenar las mil ideas
que tuve anoche.
Trabajar sin debilidad
en lo que he escogido
y disfrutar de la belleza
que se esconde en un poema,
y envidiar aquella imagen
o aquel adjetivo.
Y nada más. Ya tengo bastante.
¿Qué es la vida, si no instantes
dónde las cosas importantes
nacen de un momento?
Y nada más. Ya tengo bastante.
Casi nunca pasa nada.
Y si pasa, siempre el sol
sale por el este
e inunda el mundo de colores.
Pasear cerca de las aguas
de mi puerto tan viejo
y averiguar si el viento que sopla
es norte o suroeste,
y de pronto enamorarme
de un pequeño barco que se columpia
y jurarme que algún día
yo también lo tendré.
Abrazar los atardeceres lilas
sin ninguna desazón.
Llevar las manos llenas de vida
por construir las noches
y adentrarme en un cine
o quedarme en mi casa
haciendo el oficio que me gusta,
que es ir viviendo.
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